
Cuando conocí a la Nada
me encontraba sentado frente a una capilla,
mi alzada era breve, como mi existencia recien estrenada...
un desconocido de voz anciana me aseguraba que no temiese,
que le contara todos los pecados
que había cometido en los últimos días...
mi pulso temblaba, un soberbio crucifijo me intimidaba
levantado sobre un trono de mármol blanco y una cofradía de velas,
no sabía que decir y
aquel extraño sumiso de Bíblias me insistía suavemente,
no pude refrenar mi curiosidad y
aparté la cortina que nos separaba...
mis ojos no podían dar crédito a cuanto veían
¿Dónde estaba aquel longevo de voz lúgubre?
En su lugar yacía paciente y serena una majestuosa sombra
de capa negra y sombrero de ala ancha,
sus botas de pico desvergonzado brillaban
en la penumbra de aquel habitáculo,
mientras una voz me dijo:
-No busques algo en lo que no crees pequeño,
pues jamás conseguirás ver
en las obediencias que los demás persiguen.
-¿Quién eres?
-El sonámbulo eterno.
-¿Cómo?
-Sí, aquel que habita detrás de todas las cosas, márchate joven,
ese Dios que buscas sólo está en tus miedos.
-Tal vez tengas razón, gracias por haberme hecho
ver más allá de mi catecismo.
-Gracias a ti por escucharme.
-¿Nos volvermos a encontrar?
-Seguro.
-De acuerdo, yo soy Javier.
-Yo soy la Nada.
Y acto seguido desperté embadurnado de sudor a los pies
de un frondoso árbol donde nunca antes había estado...