
Recuerdo cuando eras pétalo perfumado,
el polen en ti era trampa de insectos
y alimento de otros,
todas las flores competían por tenerte
en sus abanicos y coronas,
querían apresarte en sus tallos coloristas.
La lluvia apuntaba sus gotas
hacia los algodones de tu testa,
se podían quedar sin agua los jazmines,
las rosas, los lirios, incluso los geranios
pero nunca tú...
El padre Sol que lo quemaba todo
en sus peinados de fuego
a vos sólo daba luz virgen
dónde relucías como manzana frotada,
dónde todo el jardín te envidiaba perplejo,
y silente, nada hablaba mientras vos brillaba.
El jinete viento que a todos zarandeaba
con sus bailes imposibles de seguir,
soberano de brisas y ventiscas,
todos rezaban por no ser llevados cuando fruncía el ceño,
pero para vos sólo tenía las caricias frescas,
y las nubes despejadas,
nada osaba a tocarte si él te cortejaba.
Pero un día llegué yo,
poeta delgado y mal jardinero,
conocía las palabras pero no las flores,
me detuve junto a una margarita,
mis ojos brillaron al ritmo de tus blancos destellos,
eras el pétalo de pétalos,
perlada emperatriz de los mundos verdes,
reduje mi silueta para verte mejor,
habían largas colas de hormigas,
escarabajos, libélulas, mariquitas...
como si de una virgen se tratase
todo te rendía culto.
Decidido cerré los ojos y te besé.
Desde entonces no recuerdo nada más,
solo un despertar junto a la mujer de mis sueños,
mi aliada alada, mi compañera,
y un beso mañanero que me asistió como cada día,
y ella se fue a la ducha,
y yo me quedé sonriente mirando al techo,
como quien se ama por vivir aquello,
y percibí algo en el interior de mi boca,
algo blando con un sabor familiar,
introduje mi pulgar y mi índice para sacarlo,
no podía ser verdad,
era ella, era un pétalo de margarita.